A las dos de la mañana me desperté. El sol dibujaba un cuadro de belleza indescriptible sobre el fiordo de Oslo. Repuse fuerzas con un breve sueño y un abundante desayuno. El autobús tomó rumbo a Bergen, teníamos por delante una maratón de 1.680 kilómetros por tierras noruegas y suecas hasta llegar a Estocolmo.
El trayecto de Oslo a Bergen fue sencillamente espectacular, un día de hielo y nieve: cruzamos lagos helados, atravesamos kilómetros y kilómetros de tierra nevada. El autobús se detuvo y bajamos a tirarnos unas bolas, disfrutamos como niños. En Madrid habíamos dejado temperaturas de 38ºC.
A medida que nos acercábamos a Bergen, siempre por preciosas carreteras nacionales (en Noruega no hay autopistas), el paisaje iba cambiando de blancos a verdes. Cuando el cansancio comenzaba a hacer mella en nosotros, la visión majestuosa de Bergen me cautivó.
Bergen es una ciudad pequeña, limpia, colorida, entrañable; constituye la entrada por excelencia a los fiordos. Recostada entre los fiordos Hardanger y Soguefjord, está flanqueada por siete montañas. La huella hanseática es notable. Puedes perderte por sus calles, visitando el Bryggen, muelle medieval hanseático con sus casas únicas, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, justo al lado de su famoso mercado de pescado. Culturalmente, en Bergen se nota la huella de Ibsen y del gran compositor Edvard Grieg, hijos de la ciudad.
Dejamos Bergen, con el sentimiento de que nos hubiera gustado pasar más horas en la «ciudad entre las siete montañas», al mismo tiempo que varios cruceros comenzaban a desperezarse en el puerto buscando la entrada del fiordo que les llevara a mar abierto.
Nuestro autobús encontró el descanso en un pintoresco «hotel rural» al lado del fiordo. Por la mañana, después de cruzar el túnel más largo de Europa, enbarcamos para hacer un mini crucero por el «fiordo de los sueños». Es una experiencia única. Me llamó la atención las inumerables aldeas apostadas en sus orillas, las montañas altísimas que flanquean el fiordo, las inmensas cascadas que constantemente se precipitan en sus aguas y la paz que se respira en ese entorno. Tuve un sentimiento de pequeñez entre la inmensidad de la naturaleza.
Antes de retirarnos a descansar, tuve la oportunidad de seguir sorprendiéndome con un viaje fantástico en el tren de Flam, una obra maestra de la ingeniería noruega. Es un recorrido inolvidable en un tren que serpentea ascendiendo por el interior de la montaña, desapareciendo y apareciendo en infinidad de pequeños túneles y llegando a alcanzar un desnivel de 865 metros. Las vistas son únicas: cascadas, montañas recortadas, valles, lagos con sus aldeas coloridas, ríos de aguas bravas. La parada que hace el tren para admirar la cascada de Kjos es un sueño; la música suave y la espuma de la gran cascada te envuelve y te invita a perderte siguiendo el canto hechizante de las hadas.
Con estos recuerdos me dormí esperando poder ver, al día siguiente, el sol de media noche.
Después de las primeras indicaciones del guía, nos aposentamos en el hotel y salimos a conocer Oslo. Nuestro hotel estaba al pie del fiordo de la capital, de belleza impresionante y una longitud de cien kilómetros, por el que navegan trasatlánticos inmensos. Oslo es escala obligada, igual que Estocolmo, de numerosos cruceros.
La ciudad antigua gira entorno a un plano de cruz latina. El trazo más largo está constituido por la c/ Karl Johans, calle peatonal por donde discurre la vida de la ciudad. En el extremo oeste se encuentra el Palacio Real, edificio majestuoso, integrado totalmente en la ciudad y rodeado de unos jardines por donde tranquilamente los ciudadanos pasean. En el extremo este se sitúa la Estación Central, recuperada para el ocio con bares modernos, y la Catedral luterana.
Disfruté muchísimo la tarde que dedicamos a visitar los museos de Oslo. En un entorno paradisíaco nos sumergimos en la vida vikinga, visitando el museo de los barcos vikingos y contemplando los restos de la reina Osa y todo su ajuar. Nos ayudó a entender aún más la vida vikinga la visita al museo folclórico, en el que admiramos una iglesia vikinga y una casa típica perfectamente conservadas. Dando un salto en la historia, visitamos el museo del barco polar «Fram», impresionante barco del explorador noruego Nansen. Se nos explicaron numerosos detalles de las tres expediciones realizadas por los exploradores noruegos en este famoso barco y vimos documentos sobre la exploración del Polo Norte y la Antártida. Admiramos también la recreación, en el barco, del fenómeno de las auroras boreales. Todo muy interesante.
Los dos días intensos en Oslo se completaron con una visita al Parque Vigeland, una meditación profunda sobre la vida cincelada en granito que el escultor Gustaw Vigeland realizó durante toda su vida y que donó a la ciudad de Oslo. Todos los grupos escultóricos son de un realismo impresionante y todos, centrados en cada una de las etapas de la vida, transmiten una profunda enseñanza. Pero el misterio de la vida sigue aún sin resolverse.