Una mujer valiente

cifuentesCorren malos tiempos para la política y, por ende, malos tiempos para la economía. Apenas estamos dando los primeros pasos en la tan deseada recuperación económica y ya se ciernen sobre España los densos nubarrones de la incertidumbre. Los españoles somos así: preferimos los vericuetos, los experimentos, las emociones fuertes, los sobresaltos a lo previsible.

Sería relativamente fácil elegir la senda de la sensatez si tuviéramos políticos de talla, sensatos, generosos, guiados por la idea de servicio al pueblo. Pero la realidad política española es bien distinta: la sensatez y la generosidad brillan por su ausencia.

A los independentistas catalanes, y me temo que a los separatistas en general, les interesa que se forme en Madrid un gobierno débil, con graves hipotecas para defender con garantía de éxito la unidad de España.

Las fuerzas de izquierda, los radicales y los antisistema sólo tienen un objetivo: desalojar del poder al Partido Popular, como el único responsable de las desigualdades económicas de los españoles. Persiguen, dicen ellos, el reparto justo de la riqueza, olvidándose de que, para repartir el trabajo, antes hay que crearlo. Ignorando que la riqueza sólo puede repartirse equitativamente si previamente se crea.

Al PSOE únicamente le mueve su propia necesidad de supervivencia y se ahoga dentro de su propia indefinición. Deambula por la política española como pollo sin cabeza y lo mismo le da ocho que ochenta.

Aventuro una predicción: tendremos gobierno presidido por Sánchez, aunque no será un gobierno socialista, más bien, cualquier cosa menos socialista. Un «totum revolutum» sin orden ni futuro. Aventuro esta predicción porque a Pedro Sánchez le veo únicamente con una idea: llegar a la Presidencia del Gobierno y, para conseguirlo, diga él lo que diga, pactará con quien sea, perdiendo toda dignidad y tragando el sapo del referendum catalán o la propia independencia catalana.

Pero si mi predicción se cumple, como ya dije en un post anterior, «que Dios nos coja confesados» tanto a los españoles como a los socialistas, porque supondría un frenazo en toda regla a la incipiente recuperación económica, una merma sustantiva de la credibilidad de España en Europa y un retroceso importante en el desarrollo de España. Y, en cuanto al socialismo, dejaría de ser el PSOE el partido que durante décadas fue el referente de la izquierda civilizada en España para convertirse en un partido residual, fagocitado por el populismo izquierdista de Podemos.

Existe en la política española una fuerza que, a mí, al menos, me genera ilusión: Ciudadanos. Saben estar, como partido, a la altura de las circunstancias. Albert Rivera es un líder serio, generoso, responsable, cumplidor, preocupado y comprometido con el futuro de los españoles. Está demostrando que hay otra forma de hacer política y que el camino es la regeneración democrática y la reforma institucional.

La Comunidad Autónoma de Madrid es, a mi entender, un ejemplo claro de la nueva política. La presidenta Cristina Cifuentes, sin mayoría absoluta, pero sin complejos, apoyada responsablemente en las líneas esenciales por Ciudadanos, pero también, como debe ser, marcada muy de cerca en sus decisiones, está desarrollando una política realista, teniendo muy claro que la política es servicio al pueblo, que la política está para solucionar los problemas de los ciudadanos y nunca para crearlos. Es una mujer valiente que planta cara a los problemas de la sociedad madrileña, apoyando e incentivando las inversiones creadoras de empleo en la Autonomía, convencida de que la creación de empleo es la medida que más ayuda a los menos favorecidos de la sociedad y, al mismo tiempo, proponiendo en la Asamblea medidas tan importantes como:

  • Supresión del aforamiento de los diputados regionales y de los miembros del Gobierno.
  • Reducción del número de diputados en la Asamblea.
  • Limitación del cargo de Presidente y Consejeros a dos legislaturas.
  • Incompatibilidad de funciones de los cargos públicos.
  • Listas abiertas.

Todas las fuerzas políticas representadas en la Asamblea de Madrid deberían apoyar estas medidas, y este modelo podría perfectamente reproducirse en la política nacional.