Desde las Navidades del 2022 no les había visto. Las relaciones a través de las redes, incluso a través del teléfono, no me llenan; busco la relación personal, la necesito.
La noche del 5 al 6 de mayo la pasé inquieto. Nos habíamos quedado a dormir en Madrid con Irene para salir con más tranquilidad hacia Las Palmas el jueves 6 de mayo. Myri hacía su primera comunión el domingo 8 de mayo y… ¡hacia Canarias nos íbamos todos! Simón tenía muchas ganas de ver a sus primos. Después de embarcar los primeros, nos acomodamos en los asientos. El avión comenzó a rugir, nos cogimos de la mano y el avión ascendió sin sobresaltos. Entre juegos, canciones, algún bocadillo y muy pocas cabezadas se fueron pasando las dos horas y media de travesía. Nos volvimos a coger todos las manos, apremiados por Simón, y el avión se posó. ¡Qué buen aterrizaje!, exclamó Simón. Al desembarcar, dio la enhorabuena a la tripulación. En taxi llegamos a Rafael Cabrera nº 1 y, después de saludar a la familia, nos situamos en el apartamento que íbamos a ocupar hasta el jueves 12 en el nº 13 de la c/ Torres.
Veníamos con muchas ganas de pasar unos días felices, queríamos acompañar con alegría a Myriam, totalmente ilusionada con su gran día; pero la alegría se nos tronchó, la vida, a veces, te trata así y no somos capaces de entenderlo. El abuelito se había caído y estaba ingresado inconsciente en el hospital. Tuvimos que cambiar el «chip», teníamos que improvisar rápidamente un plan «B», Myriam no podía quedarse sin celebrar su gran día, rodeada de sus amigos de catequesis.
La víspera la pasamos con los niños en el parque y nos fuimos a comer todos: niños, tíos y abuelos al McDonald’s; al final se agregó Quique. Los niños estaban encantados, los adultos preocupados y Myriam: «muy contenta pero a veces triste cuando me acuerdo del abuelito».
El gran día llegó. El abuelito tuvo el «detalle» de resistir, y a las 11 nos reunimos todos a la puerta de la iglesia de San Francisco de Asís para, una vez hechas las fotos de rigor, celebrar la misa de comunión. Myriam estaba preciosa, abriendo la procesión de los 10 niños que hacían la comunión, ascendiendo solemnemente hacia el altar, «alegre la mañana que nos habla de Tí…» entonaban. Alguna lágrima tímida rodaba hasta el suelo, lágrimas que acompañaban con alegría a Myriam.
La solemnidad de la ceremonia acabó y perezosamente nos dirigimos a la casa familiar a comer todos juntos las viandas que nos sirvieron sin demasiado protocolo. La celebración típica se aplazó para el verano y Myriam lo entendió. Para recordar agradecidos y con sano orgullo, el aplomo y el sentimiento contenido con que nuestra Myri leyó la petición que le había correspondido.
