Desde Disneyland París con amor (II)

Domingo 10._ Nos levantamos temprano, queríamos redesayunar en Lerma. Previo al desayuno en Colme, yo me tomé un chute de ilusión renovada; había tenido una tarde-noche un poco movidita y estaba decidido a disfrutar del viaje en armonía, quería poner de mi parte todo lo necesario, y más, para que el viaje fuera un éxito.

Los coches enfilaron con alegría la AP 1 cargados hasta los topes del equipaje y las viandas que nos aliviarían el hambre durante buena parte del viaje. Nosotros, como estaba previsto, hicimos parada técnica en Lerma. En el coche de Quique había movida: los niños se marearon, tuvieron que parar y al final se durmieron. Aprovechando la tranquilidad, tiraron, sin parar, hasta Bilbao. Nosotros: Irene, mamá y yo, tomamos un refrigerio frugal en un bar cerca del Parador, hicimos visita de cortesía al Palacio Ducal y… ¡carretera y manta!

Las agujas de la catedral de Burgos se nos ofrecieron orgullosas y, después de circunvalar la capital castellana, nos dirigimos decididos hacia Bilbao. Briviesca, Pancorvo… el paisaje se iba tornando verde y montañoso. Quedaba atrás la aridez castellana y aparecía la montaña del Norte. Al pasar por el monte Gorbea, cantamos «a su cruz de amor»

El navegador ¡menos mal! nos llevó a la ubicación que, previamentde Javi, nos había enviado y serpenteando entre montañas nos reunimos con el grupo. Christian ya nos tenía reservada una mesa amplia en un parque del Monte Artxanda. A nuestros pies: Bilbao y su Ría. Preparamos los bocatas y celebramos una comida campestre por todo lo alto. Los tíos amenizaron la comida contando sus experiencias de los días de concierto. Terminada la comida nos fuimos al mirador, desde donde contemplamos la vista maravillosa del Bilbao moderno. Ni recuerdo del Bilbao gris que yo conocí hace mucho tiempo, con un Nervión contaminado por la siderurgia.

La Ría serpenteaba majestuosa. En su margen destacaba el Museo Guggenheim, se mostraba entre robusto y delicado el Puente Colgante, Puente de Portugalete. En una explanada, en la cima de una montaña, se adivinaban los restos de varias jornadas de conciertos. Era un sitio privilegiado, desde donde se podía admirar en todo su esplendor la Ciudad. Nos despedimos con nostalgia de Bilbao y, después de tomar un buen café y los niños unos helados en un bar-merendero cercano al funicular, cogimos los coches y enfilamos hacia Burdeos.

La autopista era muy rápida y Javi aprovechaba esa velocidad. A Burdeos llegamos con tiempo suficiente para acomodarnos con tranquilidad en el Meininger, hotel situado en la margen derecha del río Garona. Fuimos capaces de llegar, después de refrescarnos, antes de las 21,30hh, a cenar. Javi y Christian habían reservado una mesa en una terraza a orillas del Garona donde nos sirvieron los típicos «mules» aderezados con distintas salsas. La cena-invitación de Javi y Christian fue estupenda. Para ayudar a hacer la digestión de los mejillones, paseamos la ciudad. Llegamos hasta la gran Noria que giraba majestuosa iluminada de azul. Todos se montaron, contemplando desde el cielo la ciudad, menos los abuelos que temían al mareo. Caminando, medio rotos por el cansancio, nos volvimos al hotel y…¡a dormir! mañana será otro día.

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