Desde Disneyland París con amor (III)

Lunes 11.- El lunes se nos fue casi íntegramente en la carretera. Teníamos que llegar a París, donde Javi había hecho una reserva. En Burdeos, los niños y los mayores habían descansado muy bien. Nos levantamos temprano y, después de recoger el equipaje, bajamos a desayunar el buffet libre del hotel. (Los niños disfrutaban haciéndose los autónomos). Desayunamos abundantemente y nos aprovisionamos las mochilas con pequeños «tentempiés» que fuimos consumiendo en los coches.

Los carteles informativos de la autopista traían a nuestro recuerdo el viaje que hicimos por los Castillos del Loira. Tuvimos deseos de salirnos de la autopista para recorrer de nuevo los lugares que tan buenos recuerdos nos traían: Saint Emilion, Chambord, Chenonce, Amboise, Tours, Chartrs, Relais de la Poste… pero teníamos que llegar a París y cumplir el objetivo del viaje: Disfrutar del parque Disney. Casi sin darnos cuenta, llegamos a las inmediaciones de Tours. El cuerpo ya nos pedía «parada y fonda». En cuanto divisamos el Área de Tours, allí que nos colamos. Llenamos los depósitos de los coches y nos acomodamos bajo una sombra a preparar los bocatas. Comimos sin prisa, bebiendo abundantemente porque el calor comenzaba a ser asfixiante.

Agradecimos el aire acondicionado de los coches y nos incorporamos a la autopista que nos llevaría a París. La carretera se volvía monótona, relajante, ayudada, quizá, por el verde intenso de ambas márgenes de la autopista, ¡qué envidia! Poco a poco nos fuimos acercando a París. A lo lejos descubrimos la silueta de la Torre Eiffel que jugaba al escondite con nosotros, apareciendo y desapareciendo. Después de salir del atasco de entrada a París, Christian y Javi nos llevaron por las calles de la capital parisina al hotel Ibis. El calor era sofocante. Nos acomodamos, nos aseamos y nos marchamos con los coches a conocer el Departamento de Vincen. Metimos los coches en un parking donde descansaron todo el día

Descubrimos un castillo maravilloso, bien restaurado. Formaba parte de un recinto defensivo con sus murallas, las torres vigía, el foso…etc. y, después de pasear por el parque y de refrescarnos todos en los chorros de vapor, el grupo se dividió: Javi, Christian, Simón y yo nos quedamos por el barrio y los demás se marcharon en metro a París, a visitar el Pompidou. Subieron a la quinta planta; desde su terraza admiraron la vista de París desde todos los ángulos. El calor era sofocante, necesitaban una buena cerveza y los niños un buen refresco y, en la plaza, cenaron muy a gusto. Los niños estaban encantados, después de haber soportado bastante bien el chute de cultura del Pompidou. Todos alucinaron con la anécdota para el recuerdo: asistieron durante la cena a un «simpa» protagonizado por un grupo de chavales. De repente, salieron corriendo sin pagar la consumición; pero el camarero salió corriendo detrás de ellos, alcanzando a uno y le trajo de la oreja al restaurante para que pagara la factura. La plaza estaba preciosa, en pleno centro de París, adornados los establecimientos con flores y con muchos clientes en las terrazas iluminadas profusamente.

Nosotros aliviamos el calor con unas cervezas y Simón con un helado y cenamos en una crepería sólos, con toda tranquilidad. Nos fuimos al hotel y.. ¡a dormir!, mañana nos esperaba una jornada de bastante movida visitando París.

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