Martes 12.- Nos levantamos con el sol, queríamos aprovechar el tiempo en París, a parte de que el calor era inaguantable en la habitación, (los franceses se empeñan en ahorrar energía en el aire acondicionado). Tomamos un buen desayuno en el hotel y recogimos el equipaje, mientras Quique y Javi recogían los coches del parking. Cargamos los coches y, de nuevo, al parking donde descansarían todo el día.
Nosotros, ligeros de equipaje, nos dispusimos a patear París. Después de refrescarnos otra vez en los vapores del parque Vincen y disfrutar del Cható y sus alrededores, sobre todo los niños, cogimos el metro que nos llevaría hasta Montmartre. El metro de París, al menos la línea -1, ¡una maravilla! sobre todo en cuanto a seguridad en las estaciones y velocidad. Los niños alucinaron cuando vieron que el tren se movía a gran velocidad sin conductor. Fueron ganando en confianza y se hicieron dueños de los mandos, plasmados en pegatinas hiperrealistas, en el frontal del primer vagón en el que nos situamos. ¡Hay que ver cómo disfrutaban cogiendo las curvas y adentrándose en la oscuridad del túnel!
Nos costó arrancarlos de los mandos del metro. Callejeamos por la falda de la montaña llena de turistas y de tiendas de souvenirs. Los niños disfrutaron un buen rato en el «tío-vivo» de Montmartre y localizamos las escaleras que nos subirían al Sacre-Coeur. Los niños subían con gran facilidad, a mí ya me costaba. El Sacre-Coeur aparecía espléndido. Subimos las escalinatas de la Basílica debidamente organizados por el personal de seguridad. El interior es impresionante: la gran cúpula enmarcada por un sinfín de capillas todas ellas iluminadas por la gran cantidad de velas de sus devotos. A pesar de la cantidad de gente que deambula por el interior, no hay nada de bullicio por ser una Basílica menor dedicada a la adoración permanente del Santísimo. De vez en cuando se oye una voz pidiendo respetuoso silencio. Recorrimos la Basílica. Encendimos unas velas. Dácil y Simón querían encenderlas todas. Simón, incluso, apagó alguna, como si se tratara de su cumpleaños y, viendo que el personal menudo ya comenzaba a alborotarse, dimos por finalizada la visita.
Salimos del templo y contemplamos una de las vistas más bonitas de París. Todo lo que hay que ver de París se veía desde lo alto. El de seguridad nos apremió, ya habíamos consumido nuestro tiempo; así que, obedientes, nos fuimos buscando un lugar para comer alejados del gentío. Detrás de la Basílica, en el parque de Montmartre, encontramos el sitio ideal.