Desde Disneyland París con amor (VI)

Miércoles 13 .- Nos levantamos temprano. Los niños estaban bastante excitados, íbamos a pasar todo el día en Disney y las emociones podían ser muchas al encontrarse cara a cara con sus personajes favoritos. Desayunamos a buen ritmo. Después todos, como hormigas, nos pusimos a preparar una buena cantidad de bocadillos y frutas variadas. Nos aprovisionamos de agua (aunque en el recinto encontraríamos grifos por doquier), teníamos que llevar avituallamiento máximo para pasar todo un día en el parque. Cogimos los coches y, en menos de media hora, estábamos a las puertas del Parque Disney. Queríamos aprovechar el tiempo al máximo. Los niños localizaron de inmediato las barreras que hay que flanquear para entrar, «otro peaje, abuelo». Pagamos nuestro peaje para poder aparcar los coches en el recinto.

Conviene hablar francés pero no es necesario. Lo que es imprescindible es llevar preparada una buena cartera. Todo está muy ordenado. El personal de seguridad te va llevando hacia tu lugar de aparcamiento y las colas se van disolviendo en un pis-pas. Las calles del aparcamiento están identificadas con personajes de Disney: Ariel, Campanilla, Dumbo, Donald, Daisy, Goofy, Mickey, Minnie, Peter Pan… a nosotros nos situaron en la 19 de Bambi.

Nos dejamos llevar por la marea de gente que caminaba en nuestra misma dirección. En un momento, nos encontramos inmersos en el universo Disney, se respiraba magia, imaginación desbordada. Diego, apoyándose en un folleto publicitario y en su madre, nos organizó el recorrido. «Teníamos que disfrutar de muchas atracciones en un día y era imprescindible una estricta organización», decía.

Asistimos a nuestro primer desfile: carroza, personajes y música de Disney. Cada hora, aproximadamente, se producen vistosos desfiles. Para situarnos, lo primero que hicimos fue montarnos en un tren que circunvalaba todo el parque, dándonos una visión general: Castillo de la Bella durmiente, pabellones de la mina, de los piratas, de Star Wars, montaña rusa…etc.

Dejamos el tren y, moviéndonos al ritmo de la música, acompañamos a un desfile de personajes de Disney hasta encontrarnos con el Laberinto. ¡ No había forma de dar con la salida! Por fin, directamente, nos colamos en la torre del Castillo de la Bella durmiente. Desde sus almenas contemplamos la marea de gente que inundaba el Parque. El calor era sofocante. Después de hacer pacientemente las colas de rigor, montamos en las «tazas locas». Todos disfrutamos como niños. Tomamos aire y Diego nos dirigió hacia un lugar más fresco: la Cueva del dragón ¡hiperrealista!

Fresquitos, nos dispusimos a buscar un lugar idóneo para comer. Sacamos los bocatas y los devoramos en un «santiamen». Diego nos apremiaba; no había tiempo que perder y esta era la hora idónea para disfrutar de las atracciones sin guardar demasiadas colas. Montamos en el Tren de los Piratas ¡fantástico». Hicimos la gamberrada de mojar a los pasajeros cuando intuimos que nadie nos veía. Disfrutamos tensionados el Tren de la Mina. Montamos en la Montaña rusa, gritando como energúmenos. También en el Ascensor de Phanton-Manor, donde todo funcionaba de forma irreal y entramos por los pelos en el Teatro donde asistimos a un espectáculo maravilloso del Rey León. ¡Qué vestuario!, ¡qué acrobacias! La música y sus intérpretes sencillamente inolvidables. Un fabuloso espectáculo de gran belleza plástica. Más de uno terminó emocionado.

Simón estaba cansado de tantas emociones. Mientras los demás siguieron incansables visitando atracciones, los abuelos, Simón y sus papás decidimos pisar el freno y reponer fuerzas con unos bocatas. Después de un breve descanso, Simón echaba en falta a sus primos, así que se fueron a su encuentro. Los abuelos estábamos un poco cansados y optamos por sentarnos a tomar una cerveza en la plaza, junto al Castillo. ¡Gran decisión!.

Al poco tiempo nos encontramos todos. Mientras los más arriesgados sufrían en la montaña rusa de Star Wars, con tirabuzones imposibles en la oscuridad, nosotros nos fuimos con Simón a montar en los aviones. Después de comer, todos juntos, las últimas viandas del día en un quiosco del parque, nos situamos en un sitio estratégico para asistir a una de las atracciones más esperadas: los fuegos artificiales.

Se hicieron de rogar. En el recinto no cabía un alfiler. Todos estábamos expectantes. De pronto, drones comenzaron a sobrevolar el Castillo de la Bella durmiente que lucía espléndido, cambiando constantemente de color. Mediante piruetas arriesgadas, dibujaban en el cielo el número 30, festejando el 30 aniversario del parque Disney-París, haciendo, al mismo tiempo, un guiño a las orejas de Mickey. Chorros de agua se alzaban majestuosos hasta el infinito, mientras sonaba la megafonía con las canciones más conocidas del mundo Disney. Sobre el Castillo se iban proyectando, al mismo tiempo, personajes y escenas de las películas Disney. Estábamos asistiendo a un espectáculo de agua, luz y sonido extraordinario, con una originalidad, al menos para nosotros: la incorporación de llamaradas, subiendo al cielo de París, con fuego real, del que quema y calienta.

Los fuegos se alargaron más de media hora, pero la gente seguía hipnotizada. Los bombazos finales sonaron y a las 24hh marchamos a recoger los coches entre una marea humana ingente; pero a la una de la mañana ya estábamos durmiendo en nuestra casa de Esblit. ¡Hasta mañana!

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