Desde Disneyland París con amor (VII)

Jueves 14.- Muy temprano tocó diana en nuestra casa rural. Todos nos levantamos sin pereza y con hambre. Enseguida descubrimos que faltaban «elementos» para el desayuno. Javi y yo nos fuimos a comprar el pan para los bocadillos del día a la panadería del pueblo regentada por una simpática y eficiente peruana, y ya, de paso, cogimos algo para acompañar el café. Previamente habíamos visitado el mercadillo, donde compramos algunas cosas que nos faltaban.

Todo estaba cerrado, el pueblo dormía. Era 14 de julio, ¡día de la Fiesta nacional de Francia! y todo el mundo lo festejaba, cada cual a su manera.

Desayunamos muy abundantemente y, después de pertrecharnos de las viandas del día… ¡cada mochuelo a su coche!, los abuelos, Simón y sus papás con dirección a Chantilly y el resto a terminar de ver las atracciones de Walt Disney Studios en el Parque Disneyland

El viaje se nos hizo corto y muy agradable. Enseguida nos sorprendió el Gran Cható, en medio de una campiña y rodeado de agua. Decidimos visitar el pueblo y ¡tuvimos suerte!, aparcando muy cómodamente. El recorrido por el pueblo nos descubrió una reata de caballos con sus jinetes que venían de entrenar del hipódromo. (Chantilly es famoso, entre otras cosas, por sus carreras de caballos). Simón estaba encantado, los caballos le vuelven loco. Vimos los edificios más importantes del pueblo: la Escuela de equitación, el Pequeño Cható, el hipódromo… y, por la calle principal, salimos, a través de un arco, al recinto del Gran Cható ¡imponente!, situado en un enclave idílico: mucha vegetación, árboles, césped, estanques, bandadas de patos descansando… ¡una maravilla! Vimos una exposición en el edificio de acceso a la finca, donde sacamos las entradas que nos permitían pasar el día visitando la campiña que rodea el Cható.

Simón quería jugar. Le cansamos un poco y enseguida nos fuimos a un lugar, con mesas y bancos, ideal para comernos los bocatas. Descansamos un buen rato; tratamos de echar una pequeña siesta. Una vez repuestos, elegimos la ruta más corta y paseamos por delante del Castillo que lucía precioso rodeado de agua cuajada de nenúfares. Descubrimos en el agua, junto a los patos y sus nidos flotantes, muchos de ellos, con patitos, una nutria. Paseamos a la sombra de árboles centenarios. Cansados ya, decidimos ir hacia el coche; pero antes quisimos probar la crema «chantilly» en un bar del pueblo; tomamos reposadamente café, crepes y helado.

Cogimos el coche, Simón se durmió. Para hacer tiempo y evitar que se despertara, nos fuimos a visitar Meaux, capital de la región. Pocas cosas que destacar. Es Sede episcopal, pero su catedral, grande pero muy deteriorada, el castillo y sus murallas muy mal conservadas. A destacar en positivo que, en su interior, tiene lugar un festival de música.. Visitamos la playa fluvial, repleta de gente, con su arena artificial y sus tenderetes. Es curioso. La gente del lugar ha traído el mar al pueblo. Es la playa de Meaux y alrededores, en el río Marne. Desde la playa deseamos un feliz verano al padre de Christian.

Simón se despertó. Cogimos el coche y ¡directos a Esbly!. Pedimos unas pizas y esperamos al resto del grupo un poco preocupados porque Christian, Javi y la abuela presentaban leves síntomas de covid. El resto del grupo vino encantado y medio mareado de las atracciones tan brutales de las que habían disfrutado y a veces sufrido: en Pixar montaron en los Cars, vieron a Rayo Macqueen, espectaculares musicales repasando las producciones más famosas de Disney Studios: Frozen, Stitzh virtual y el Mago Mickey; Ascensor fantasma, Atracción de Nemo (fueron los más rápidos), Ratatoville en 3d, Alfombras voladoras, Paracaídas y recorrido por la ciudad de Cars con el autobús en llamas. Terminada la cena…¡a descansar!. Mañana nos esperaba un día también intenso en París.

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