Viernes 15.- ¡Último día en Francia todos juntos! Teníamos que aprovecharlo bien. Desayunamos, recogimos las habitaciones y, a las 10, ya estábamos cogiendo el cercanías que nos llevaría a París para, en metro, acercarnos al Museo de Orsay.
Salimos del metro en la parada de la Ópera y decidimos hacer el trayecto andando, empapándonos de París. Admiramos la armonía de la plaza de la Ópera y la nobleza de sus palacios. Por la elegante calle Vendôme, salpicada de tiendas exclusivas, llegamos a la Plaza Vendôme ¡Una maravilla! Llama la atención la armonía y la belleza de sus edificios. Estábamos en el corazón del París noble. Cruzamos las Tullerías, el gran Parque a orillas del Sena. La gente disfrutaba todavía de la Fiesta Nacional en las casetas de feria, los toboganes, los pequeños carruseles… Los niños aprovecharon la ocasión para disfrutar del tobogán gigante. Nos recordó al Parque del Retiro de Madrid.
Atravesamos el Sena por el puente de Orsay y entramos en el Museo. Es un gran edificio situado enfrente del Louvre. Antaño fue una estación de tren de la Compañía de Ferrocarriles Orleans hasta que, en 1977, se tomó la acertada decisión de dedicarla a museo, aunque no se inauguró hasta el 1986 por Mitterrand, convirtiendo así un centro de acercamiento de distancias, en una corriente constante de cultura.
La visita nos resultó interesantísima, a los niños un poco pesada. Es un templo del Impresionismo, pero no sólo. Pudimos disfrutar: «Desayuno sobre la hierba» de E. Manet, «El origen del mundo» de Courbet, el «Autorretrato» de Van Googh o el «Baile en el molino de la Galette» de Renoir… Además de contemplar obras de Gauguin, Toulouse-Lautrec… nos asomamos a la pintura de los Nuevos Impresionistas, sin detenernos demasiado en su contemplación porque no teníamos tiempo. Su sección de escultura también es muy interesante. Hay obras de Rodin y de Degas, entre otros artistas y casi pudimos tocar, con mucho respeto, al Pensador. Visitamos también, entre las exposiciones temporales, la dedicada a Gaudí. Ya nos íbamos cansando, sobre todo los niños. Llenos de arte y de belleza, a las 14,00hh, dejamos el Museo.
Volvimos sobre nuestros pasos. Cruzamos el Sena y paseamos por el jardín de las Tullerías, buscando un lugar adecuado para comer. Encontramos una mesa y cada cual cogió su silla de entre las muchísimas que hay regadas por el Parque. Después de comer tranquilamente, descansamos un buen rato tomando cafés y helados que compramos en un quiosco cercano.
Recobradas las fuerzas, nos fuimos andando hacia la Torre Eiffel. Pasamos por delante del edificio de la Asamblea Nacional, cruzamos la plaza del Obelisco y enfilamos resueltos, cruzando los Campos Elíseos. La Gran Dama se nos mostró en todo su esplendor, aunque en su base, la gente incívica había abandonado bastante suciedad. Después de una larga sesión de fotos, de refrescarnos en la fuente y de volver a admirar la Torre Eiffel, deleitándonos al mismo tiempo con la melodía de un músico callejero, cruzamos el Campo de Marte y nos metimos en el metro que nos llevaría al archiconocido cercanías. A las 10, cansados pero muy satisfechos, ya estábamos en nuestra casa de Esbly.
Encargamos unas pizzas para cenar. La cena estuvo muy animada. Los niños improvisaron una velada muy original: recitaron, cantaron… y cerraron su actuación con un «adiós con el corazón» muy entonado y sentido. Mañana, cada cual a su destino: Javi, Christian y Simón saldrían para Alemania. Quique y familia para Bélgica, a encontrarse con sus amigos Sofía y familia y nosotros con Irene, hacia nuestra casa de Colmenarejo.