Desde Disneyland París con amor (V)

Martes 12, bis .- La comida resultó curiosa y sosegada. Estuvimos muy cómodos. Aunque estábamos acompañados por una francesa y sus dos hijas, pudimos hacer los bocatas y comer con toda tranquilidad. Teníamos una fuente de agua fresca y juegos para los niños. Myriam se resbaló con la arena que habían echado las francesitas maleducadas y se raspó la pierna.

Después de reposar un buen rato, bajamos recorriendo las calles pintorescas de Mont-Martre y nos adentramos en la ciudad. A buen ritmo, Simón a hombros de su papi, recorrimos las calles abarrotadas de tiendas de ropa, sobre todo de trajes de ceremonia. A las 15,00hh teníamos que coger el barco para hacer un crucero por el Sena. Pasamos por delante de la Estación del Norte y llegamos al Canal Saint-Martin. El barco ya estaba dispuesto para partir; los pasajeros habían copado todos los asientos de cubierta y nosotros nos acomodamos en el interior.

Puntualmente, a las tres de la tarde, el barco comenzó a moverse. A través del Canal nos iba a sacar al Sena. Es un Canal de 4,5 Kms. de longitud, dos de ellos subterráneos. Inaugurado a comienzos del S. XIX, fue creado para traer agua potable a la ciudad y hoy tiene función turística. El Canal une el Bassin de la Villette al puerto del Arsenal del Sena. Navegar por él resulta muy interesante e impresionante. Cuenta con nueve esclusas, encargadas de salvar un desnivel de 25 ms.; dos puentes giratorios y dos fijos y cinco hermosas pasarelas de hierro. Durante la travesía, se produce un trasiego constante de pasajeros del interior del barco hacia cubierta para admirar la pericia de las operaciones técnicas, haciendo aumentar o disminuir, según convenga, el caudal de agua. Son impresionantes las bóvedas de la Bastilla y de la c/ Fayette, en su curso subterráneo. En su superficie han surgido bulevares que contribuyen al embellecimiento de la ciudad. El paseo a cielo abierto es una delicia: a sus orillas se palpa la actividad de numerosos bistrós y bares, parejas y cuadrillas pasando bucólicamente la tarde, pacientes pescadores en su lugar favorito. Desde las pasarelas, la gente saluda complacida. Todo es muy amable.

Recorrimos a velocidad los 2 kms. de curso subterráneo, en ambas márgenes estaban indicadas las calles y plazas por donde pasábamos. De pronto, la guía anunció que se iba a producir el encuentro con el Sena y fue ¡espectacular! Apareció el gran río surcado por barcazas, sus puentes, sus monumentos… allá, en frente, majestuosa, Notre Dame. Avanzando por el Sena, admiramos los edificios del museo del Louvre, el de Orsay, la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad, réplica de la de Nueva York…etc. El crucero fue muy interesante, muy placentero. Los tíos acertaron plenamente con este regalo a Myriam que disfrutamos todos. En el barco cantamos a los puentes de París.

Al desembarcar, ¡sorpresa! nos estaban esperando Waly y Pili, ¡encantadores!. Nos sentamos en una cafetería cerca del Sena y allí pasamos un par de horas entre charla, cervezas y merienda para los niños. ¡Lo pasamos muy bien! Nos despedimos, cruzamos por delante de la pirámide de Louvre y en metro nos fuimos a recoger los coches del parking de Vincen (Mine también recuperó las gafas de sol de Dácil que había olvidado por la mañana en el césped, delante del cható). Con premura, enfilamos hacia la casa rural en Esbly, un pueblecito situado cerca de Disney, donde nos hospedaríamos hasta nuestra vuelta a casa.

Tomamos posesión de la casa, la recorrimos de arriba a bajo, sobre todo los niños. Tenía dos tramos de escalera altísimos y peligrosos. La abuela hizo los cargos a los nietos para que no corrieran demasiado por las escaleras y cada cual eligió su habitación. Hicimos una pequeña compra en la grande superficie del pueblo y nos dispusimos a cenar. El salón era muy amplio, con una gran mesa de Ikea capaz de acogernos con holgura a los once miembros de la familia. Después de cenar con mucha alegría, nos retiramos cada cual a sus habitaciones, estábamos cansados y teníamos que recuperar. Mañana nos esperaba Disney.

Desde Disneyland París con amor (IV)

Martes 12.- Nos levantamos con el sol, queríamos aprovechar el tiempo en París, a parte de que el calor era inaguantable en la habitación, (los franceses se empeñan en ahorrar energía en el aire acondicionado). Tomamos un buen desayuno en el hotel y recogimos el equipaje, mientras Quique y Javi recogían los coches del parking. Cargamos los coches y, de nuevo, al parking donde descansarían todo el día.

Nosotros, ligeros de equipaje, nos dispusimos a patear París. Después de refrescarnos otra vez en los vapores del parque Vincen y disfrutar del Cható y sus alrededores, sobre todo los niños, cogimos el metro que nos llevaría hasta Montmartre. El metro de París, al menos la línea -1, ¡una maravilla! sobre todo en cuanto a seguridad en las estaciones y velocidad. Los niños alucinaron cuando vieron que el tren se movía a gran velocidad sin conductor. Fueron ganando en confianza y se hicieron dueños de los mandos, plasmados en pegatinas hiperrealistas, en el frontal del primer vagón en el que nos situamos. ¡Hay que ver cómo disfrutaban cogiendo las curvas y adentrándose en la oscuridad del túnel!

Nos costó arrancarlos de los mandos del metro. Callejeamos por la falda de la montaña llena de turistas y de tiendas de souvenirs. Los niños disfrutaron un buen rato en el «tío-vivo» de Montmartre y localizamos las escaleras que nos subirían al Sacre-Coeur. Los niños subían con gran facilidad, a mí ya me costaba. El Sacre-Coeur aparecía espléndido. Subimos las escalinatas de la Basílica debidamente organizados por el personal de seguridad. El interior es impresionante: la gran cúpula enmarcada por un sinfín de capillas todas ellas iluminadas por la gran cantidad de velas de sus devotos. A pesar de la cantidad de gente que deambula por el interior, no hay nada de bullicio por ser una Basílica menor dedicada a la adoración permanente del Santísimo. De vez en cuando se oye una voz pidiendo respetuoso silencio. Recorrimos la Basílica. Encendimos unas velas. Dácil y Simón querían encenderlas todas. Simón, incluso, apagó alguna, como si se tratara de su cumpleaños y, viendo que el personal menudo ya comenzaba a alborotarse, dimos por finalizada la visita.

Salimos del templo y contemplamos una de las vistas más bonitas de París. Todo lo que hay que ver de París se veía desde lo alto. El de seguridad nos apremió, ya habíamos consumido nuestro tiempo; así que, obedientes, nos fuimos buscando un lugar para comer alejados del gentío. Detrás de la Basílica, en el parque de Montmartre, encontramos el sitio ideal.

Desde Disneyland París con amor (III)

Lunes 11.- El lunes se nos fue casi íntegramente en la carretera. Teníamos que llegar a París, donde Javi había hecho una reserva. En Burdeos, los niños y los mayores habían descansado muy bien. Nos levantamos temprano y, después de recoger el equipaje, bajamos a desayunar el buffet libre del hotel. (Los niños disfrutaban haciéndose los autónomos). Desayunamos abundantemente y nos aprovisionamos las mochilas con pequeños «tentempiés» que fuimos consumiendo en los coches.

Los carteles informativos de la autopista traían a nuestro recuerdo el viaje que hicimos por los Castillos del Loira. Tuvimos deseos de salirnos de la autopista para recorrer de nuevo los lugares que tan buenos recuerdos nos traían: Saint Emilion, Chambord, Chenonce, Amboise, Tours, Chartrs, Relais de la Poste… pero teníamos que llegar a París y cumplir el objetivo del viaje: Disfrutar del parque Disney. Casi sin darnos cuenta, llegamos a las inmediaciones de Tours. El cuerpo ya nos pedía «parada y fonda». En cuanto divisamos el Área de Tours, allí que nos colamos. Llenamos los depósitos de los coches y nos acomodamos bajo una sombra a preparar los bocatas. Comimos sin prisa, bebiendo abundantemente porque el calor comenzaba a ser asfixiante.

Agradecimos el aire acondicionado de los coches y nos incorporamos a la autopista que nos llevaría a París. La carretera se volvía monótona, relajante, ayudada, quizá, por el verde intenso de ambas márgenes de la autopista, ¡qué envidia! Poco a poco nos fuimos acercando a París. A lo lejos descubrimos la silueta de la Torre Eiffel que jugaba al escondite con nosotros, apareciendo y desapareciendo. Después de salir del atasco de entrada a París, Christian y Javi nos llevaron por las calles de la capital parisina al hotel Ibis. El calor era sofocante. Nos acomodamos, nos aseamos y nos marchamos con los coches a conocer el Departamento de Vincen. Metimos los coches en un parking donde descansaron todo el día

Descubrimos un castillo maravilloso, bien restaurado. Formaba parte de un recinto defensivo con sus murallas, las torres vigía, el foso…etc. y, después de pasear por el parque y de refrescarnos todos en los chorros de vapor, el grupo se dividió: Javi, Christian, Simón y yo nos quedamos por el barrio y los demás se marcharon en metro a París, a visitar el Pompidou. Subieron a la quinta planta; desde su terraza admiraron la vista de París desde todos los ángulos. El calor era sofocante, necesitaban una buena cerveza y los niños un buen refresco y, en la plaza, cenaron muy a gusto. Los niños estaban encantados, después de haber soportado bastante bien el chute de cultura del Pompidou. Todos alucinaron con la anécdota para el recuerdo: asistieron durante la cena a un «simpa» protagonizado por un grupo de chavales. De repente, salieron corriendo sin pagar la consumición; pero el camarero salió corriendo detrás de ellos, alcanzando a uno y le trajo de la oreja al restaurante para que pagara la factura. La plaza estaba preciosa, en pleno centro de París, adornados los establecimientos con flores y con muchos clientes en las terrazas iluminadas profusamente.

Nosotros aliviamos el calor con unas cervezas y Simón con un helado y cenamos en una crepería sólos, con toda tranquilidad. Nos fuimos al hotel y.. ¡a dormir!, mañana nos esperaba una jornada de bastante movida visitando París.

Desde Disneyland París con amor (II)

Domingo 10._ Nos levantamos temprano, queríamos redesayunar en Lerma. Previo al desayuno en Colme, yo me tomé un chute de ilusión renovada; había tenido una tarde-noche un poco movidita y estaba decidido a disfrutar del viaje en armonía, quería poner de mi parte todo lo necesario, y más, para que el viaje fuera un éxito.

Los coches enfilaron con alegría la AP 1 cargados hasta los topes del equipaje y las viandas que nos aliviarían el hambre durante buena parte del viaje. Nosotros, como estaba previsto, hicimos parada técnica en Lerma. En el coche de Quique había movida: los niños se marearon, tuvieron que parar y al final se durmieron. Aprovechando la tranquilidad, tiraron, sin parar, hasta Bilbao. Nosotros: Irene, mamá y yo, tomamos un refrigerio frugal en un bar cerca del Parador, hicimos visita de cortesía al Palacio Ducal y… ¡carretera y manta!

Las agujas de la catedral de Burgos se nos ofrecieron orgullosas y, después de circunvalar la capital castellana, nos dirigimos decididos hacia Bilbao. Briviesca, Pancorvo… el paisaje se iba tornando verde y montañoso. Quedaba atrás la aridez castellana y aparecía la montaña del Norte. Al pasar por el monte Gorbea, cantamos «a su cruz de amor»

El navegador ¡menos mal! nos llevó a la ubicación que, previamentde Javi, nos había enviado y serpenteando entre montañas nos reunimos con el grupo. Christian ya nos tenía reservada una mesa amplia en un parque del Monte Artxanda. A nuestros pies: Bilbao y su Ría. Preparamos los bocatas y celebramos una comida campestre por todo lo alto. Los tíos amenizaron la comida contando sus experiencias de los días de concierto. Terminada la comida nos fuimos al mirador, desde donde contemplamos la vista maravillosa del Bilbao moderno. Ni recuerdo del Bilbao gris que yo conocí hace mucho tiempo, con un Nervión contaminado por la siderurgia.

La Ría serpenteaba majestuosa. En su margen destacaba el Museo Guggenheim, se mostraba entre robusto y delicado el Puente Colgante, Puente de Portugalete. En una explanada, en la cima de una montaña, se adivinaban los restos de varias jornadas de conciertos. Era un sitio privilegiado, desde donde se podía admirar en todo su esplendor la Ciudad. Nos despedimos con nostalgia de Bilbao y, después de tomar un buen café y los niños unos helados en un bar-merendero cercano al funicular, cogimos los coches y enfilamos hacia Burdeos.

La autopista era muy rápida y Javi aprovechaba esa velocidad. A Burdeos llegamos con tiempo suficiente para acomodarnos con tranquilidad en el Meininger, hotel situado en la margen derecha del río Garona. Fuimos capaces de llegar, después de refrescarnos, antes de las 21,30hh, a cenar. Javi y Christian habían reservado una mesa en una terraza a orillas del Garona donde nos sirvieron los típicos «mules» aderezados con distintas salsas. La cena-invitación de Javi y Christian fue estupenda. Para ayudar a hacer la digestión de los mejillones, paseamos la ciudad. Llegamos hasta la gran Noria que giraba majestuosa iluminada de azul. Todos se montaron, contemplando desde el cielo la ciudad, menos los abuelos que temían al mareo. Caminando, medio rotos por el cansancio, nos volvimos al hotel y…¡a dormir! mañana será otro día.

Desde Disneyland París con amor (I)

Querida familia: Estoy seguro de que no vamos a olvidar los días que van del viernes 8 al sábado 16 de Julio de 2022. ¡Lo hemos pasado genial! . Estos días me han traído a la memoria, los viajes que hemos hecho en familia: Portugal, Francia, Alemania, Polonia…. Os dejo esta crónica, por si os apetece, un día de estos, releer y recordar a nuestra familia viajera y agradecer lo privilegiados que somos.

Este viaje sabéis que es consecuencia de la primera Comunión de Myriam. ¡Gracias!, Myri, por brindarnos esta oportunidad.

Viernes 8._ ¿Cuándo vienen mis primos?, preguntaba constantemente Simón. A lo largo del Viernes le fuimos engañando como buenamente supimos porque, hasta las 10 de la noche, no llegaron directamente desde Canarias. Quique y Diego llegaron a Huelva, vía marítima y Mine y las niñas, vía aeropuerto de Barajas; pero todos se pusieron de acuerdo para llegar a cenar tranquilamente en Colmenarejo. No estábamos todos. Javi y Christian disfrutaban de una serie de conciertos en Bilbao con su amiga Muriel, allí nos esperaban.

La cena fue una alegría constante, el reencuentro deseado de los primos. Este alborozo/alboroto de los niños, continuó en la habitación, donde intentaban dormir todos juntos. No sé si lo consiguieron.

Sábado 9._ Después de desayunar, todos disfrutamos de un baño en la piscina. Los niños se hacían los remolones, se lo estaban pasando estupendamente; pero tocaba visitar a los amigos. Quique y Mine, con todos los niños, se fueron a Torre a saludar a sus amigos. La abuela, mientras tanto, había preparado los clásicos canelones que tanto gustan, sobre todo a Diego y, ¡a comer!

Sin solución de continuidad, un largo baño de relax en la piscina y corriendo a dar los últimos toques al equipaje. Mañana comenzábamos el viaje.

Coge tu mochila y….¡camina!

Hoy me he levantado andarín. Por mi ventana se filtraba el sol serrano de la mañana que me invitaba a salir de casa y pasear por el campo. Hace una mañana espléndida.

Haciendo caso al médico, que aconseja a los mayores andar todos los días al menos una hora, he preparado mi mochila con agua y algunos frutos secos y me he dirigido al embalse. Por el camino he saludado a varias personas que estaban disfrutando, como yo, de la mañana. La primavera, que ya languidecía, me obsequiaba con sus flores, el trino de los pájaros… a lo lejos se oían los cencerros de unas vacas pastando. ¡Qué placer caminar sin prisa, tranquilamente! Es el momento ideal para pensar, para dejar volar tu imaginación, para reflexionar… De pronto, me descubrí avanzando, entre encinas, con mi mochila a la espalda y pensé: la vida es un conjunto de caminos y nosotros los caminantes. Hay que estar atentos porque podemos equivocar el camino, mis queridos nietos.

No siempre, en realidad, casi nunca, el camino fácil, el más recto, el libre de recovecos y de cuestas empinadas, coincide con el camino correcto. El camino correcto es aquel que nos ofrece más posibilidades de llevarnos a la meta que nos proponemos. En este caso concreto, el correcto es el que nos conduce al embalse. Lo primero que debemos hacer es establecer con claridad la meta que nos proponemos alcanzar y así nos resultará más fácil la elección del camino. No os preocupéis de la mochila, ¡todos la llevamos! Unos más pesada y otros menos. La mochila, en el camino de la vida, nos acompaña siempre. Es el lastre que nos pesa y que nos impide avanzar como quisiéramos en la dirección elegida: pequeños o grandes defectos, malas experiencias, formas de ser y de comportarnos, etc.

Para que el peso de la mochila no nos aplaste, hay que tratar de aligerarla tirando lastre durante el camino. Os deseo, con toda mi alma, que seáis ágiles recorriendo el camino de la vida. Tirad el lastre que os pese; pero conservad el agua y el alimento para compartir. Cuando se comparte, el camino es una alegría. ¡Buen camino, preciosos!

In memoriam

El 9 de Mayo, el lunes siguiente al domingo de la Comunión de Myriam, fue el lunes más triste de los que recuerdo. La tristeza nos paralizó: el abuelito Miguel nos decía «adiós» casi sin despedirse, inesperadamente; la muerte siempre llega » como una ladrona «.

Las jornadas del tanatorio pasaron lentamente, dolorosamente. En ese torbellino de sentimientos, me gustó descubrir cómo te quería la gente, tu gente, tus amigos, tus colegas, tus alumnos, tu familia… Me encantó descubrir tu sonrisa, tu positividad,, tu vitalidad… en las fotos que, sobre la mesa del salón de tu última casa, congelaban momentos puntuales de tu fructífera vida.

Me gustó porque yo, en mi cabeza y en mi corazón, quiero recordarte así, como eras: alegre, positivo, trabajador, responsable, amigo de tus amigos y amante de tu familia.

Miguel, ¡amigo! espérame en el Cielo, por favor, porque seguro que, por tu bondad, tú llegarás primero. Y desde allí, cuida de los tuyos, que son también los nuestros, ¡nuestros nietos!.

Desde Las Palmas con amor

Desde las Navidades del 2022 no les había visto. Las relaciones a través de las redes, incluso a través del teléfono, no me llenan; busco la relación personal, la necesito.

La noche del 5 al 6 de mayo la pasé inquieto. Nos habíamos quedado a dormir en Madrid con Irene para salir con más tranquilidad hacia Las Palmas el jueves 6 de mayo. Myri hacía su primera comunión el domingo 8 de mayo y… ¡hacia Canarias nos íbamos todos! Simón tenía muchas ganas de ver a sus primos. Después de embarcar los primeros, nos acomodamos en los asientos. El avión comenzó a rugir, nos cogimos de la mano y el avión ascendió sin sobresaltos. Entre juegos, canciones, algún bocadillo y muy pocas cabezadas se fueron pasando las dos horas y media de travesía. Nos volvimos a coger todos las manos, apremiados por Simón, y el avión se posó. ¡Qué buen aterrizaje!, exclamó Simón. Al desembarcar, dio la enhorabuena a la tripulación. En taxi llegamos a Rafael Cabrera nº 1 y, después de saludar a la familia, nos situamos en el apartamento que íbamos a ocupar hasta el jueves 12 en el nº 13 de la c/ Torres.

Veníamos con muchas ganas de pasar unos días felices, queríamos acompañar con alegría a Myriam, totalmente ilusionada con su gran día; pero la alegría se nos tronchó, la vida, a veces, te trata así y no somos capaces de entenderlo. El abuelito se había caído y estaba ingresado inconsciente en el hospital. Tuvimos que cambiar el «chip», teníamos que improvisar rápidamente un plan «B», Myriam no podía quedarse sin celebrar su gran día, rodeada de sus amigos de catequesis.

La víspera la pasamos con los niños en el parque y nos fuimos a comer todos: niños, tíos y abuelos al McDonald’s; al final se agregó Quique. Los niños estaban encantados, los adultos preocupados y Myriam: «muy contenta pero a veces triste cuando me acuerdo del abuelito».

El gran día llegó. El abuelito tuvo el «detalle» de resistir, y a las 11 nos reunimos todos a la puerta de la iglesia de San Francisco de Asís para, una vez hechas las fotos de rigor, celebrar la misa de comunión. Myriam estaba preciosa, abriendo la procesión de los 10 niños que hacían la comunión, ascendiendo solemnemente hacia el altar, «alegre la mañana que nos habla de Tí…» entonaban. Alguna lágrima tímida rodaba hasta el suelo, lágrimas que acompañaban con alegría a Myriam.

La solemnidad de la ceremonia acabó y perezosamente nos dirigimos a la casa familiar a comer todos juntos las viandas que nos sirvieron sin demasiado protocolo. La celebración típica se aplazó para el verano y Myriam lo entendió. Para recordar agradecidos y con sano orgullo, el aplomo y el sentimiento contenido con que nuestra Myri leyó la petición que le había correspondido.

Sacudir la pereza

Queridos nietos: Rebuscando en mi escritorio, entre mis papeles, he encontrado esta mañana algo que escribí hace ya más de tres años y que estaba destinado a ser publicado en mi blog. Si no lo publiqué fue porque la pereza me venció; no me encontré con fuerza para seguir escribiendo, y pasaron más de tres años perezosamente en mi vida.

Hoy os lo quiero regalar porque deseo llevaros a vuestro ánimo la certeza de que la pereza es una mala consejera, es una pésima compañera en el viaje de la vida. Sé que, con frecuencia, nos cuesta hacer lo que debemos. Sé que la «señora pereza» nos tienta haciéndonos ver que se está mejor tirado en el sofá viendo la tele, jugando a la tablet…..que haciendo «los deberes»; pero vencer la pereza nos forma, nos da profundas satisfacciones, fortalece nuestra voluntad, templa nuestro carácter. Yo hoy estoy contento porque, aunque tarde, he conseguido hacer lo que debí hacer hace mucho tiempo: el escrito se va a editar, ahí va….

«El reencuentro»

» Han pasado más de dos años. La ilusión con la que comencé mi blog se ha ido desvaneciendo con el tiempo. Pero no se trata de lamentarse y lamerse las heridas. Lo importante es que estoy aquí y con fuerza renovada para compartir; ¡ no sé qué ! pero siempre hay algo que compartir, si realmente es eso lo que se desea.

Esta segunda etapa de mi blog tiene un componente especial: la presencia en mi vida de mi nieto Simón. Una presencia que, lejos de restar, ha aumentado y…¡ de qué forma ! mi dependencia afectiva y vital de mis nietos: Diego, Myriam y Dácil, que me han regalado ocho, cinco y tres años maravillosos. Simón acaba de cumplir un añito y ¡ qué mejor regalo que mis reflexiones, mis ocurrencias, mis tonterías…! Yo no sé si os van a servir para algo. A mí, ya me están sirviendo y ¡¡¡os lo agradezco!!!».

Saludar y Sonreir

Queridos Simón, Dácil, Myriam y Diego: Os voy a hacer una confidencia: Cada día, cuando me levanto de la cama, ¿ sabéis lo que hago ? voy a la cocina, abro la puerta y salgo al porche a contemplar el amanecer haga calor, frío o chaparree. Me gusta agradecer a la vida, y yo, como creo en Dios, también agradezco a Dios, el gran regalo de un nuevo día, de una nueva oportunidad que se nos brinda para enmendar errores, para seguir amando, para seguir viviendo. Este pequeño gesto me ayuda a encarar el día positivamente, aunque a veces no lo consiga.

¡ Qué importante es encarar la vida con ánimo positivo! En algún momento de mi vida alguien me habló de que todos deberíamos proponernos comenzar el día practicando las dos «eses»: saludando y sonriendo. Son dos gestos que parecen insignificantes, pero que suavizan las relaciones. El saludo con sonrisa envía un mensaje positivo a quien lo recibe y nos dispone favorablemente ante cualquier circunstancia. Hay que ser educados. Saludad siempre y sonreid todo lo que podáis.

Hace años estuvo de moda una canción que a mi me encantaba por su mensaje positivo: » Viva la gente»

Esta mañana de paseo

con la gente me encontré,

al lechero, al cartero,

al policía saludé.

detrás de cada ventana

también yo reconocí

mucha gente que antes

ni siquiera la vi.