El secreto de sumario

secreto-de-sumario-674x300En esta sociedad del siglo XXI, el poder de los medios de comunicación es casi ilimitado. Todos los tienen en cuenta, todos los respetan, muchos los temen. Si un acontecimiento no se ve reflejado en los medios, no existe socialmente; se han convertido en algo imprescindible socialmente hablando.

Los sociólogos del siglo XX los identificaron con el 4º poder, vislumbrando su importancia en la sociedad del futuro. Hoy, en nombre del principio de libertad de expresión, se justifica casi todo, como si el principio de libertad de expresión o el principio al derecho de información fueran derechos absolutos y sacrosantos de la democracia.

Y es cierto que son unos derechos muy importantes, pero en democracia existen otros derechos que están al mismo nivel: el derecho al honor, el derecho a la intimidad, el derecho a la presunción de inocencia… No se puede, amparado en el principio de libertad de expresión, condenar a una persona con juicios paralelos, sacar a la luz pública el contenido de un sumario que debería estar protegido por el secreto sumarial. No se puede sostener que el fin, derecho y deber de informar, justifica los medios.

Ningún medio ilícito o moralmente reprobable se puede justificar por muy noble que sea el fin que se pretende alcanzar. Con demasiada frecuencia aparecen en los medios noticias que deberían estar amparadas por el secreto sumarial, y no sirve que los periodistas se escuden en las filtraciones de parte. Ellos saben que muchas veces esas noticias se consiguen con sobornos, presiones, extorsiones, chantajes… en definitiva, con malas artes ante las que poco o nada puede hacer el filtrador.

En una sociedad de libertad como la nuestra, en una sociedad democrática, lo único absoluto es la ley. Y si a los periodistas no les gusta que la ley ponga límites a su derecho de informar, tendrán que autorregularse con criterios sensatos, porque en democracia hasta los periodistas están bajo la ley.

Hipócritas

auladefilosofia.net

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No me resigno; no acepto que la hipocresía sea un mal necesario en la vida de nuestra sociedad; me rebelo contra la hipocresía de nuestros legisladores.

Estamos viviendo en una sociedad en la que se nos regula absolutamente todo, en la que el terreno de la libertad personal queda cada día más y más reducido. Se nos regula el ocio, se nos dice cómo y qué tenemos que hacer para vivir una vida saludable, se nos regulan las relaciones personales… Y en aquellos ámbitos en los que existe vacío legal, aparece la todopoderosa publicidad para marcarnos las pautas de nuestra actuación, cuando no nos violenta nuestra libertad con malas artes, piénsese en la publicidad subliminal.

En mis tiempos de estudiante de Sociología, consciente de la manipulación tan brutal que suponía la publicidad y para intentar minimizar en lo posible el impacto de la publicidad en mi forma de comportarme socialmente, adopté un principio de actuación: «Hacer lo contrario de lo que me proponía la publicidad». Hoy, con la sabiduría que te da la vida, estoy tentado a adoptar el mismo principio, adaptándolo: «Analizar en profundidad lo que se me regula y, en consecuencia, cumplirlo o no».

He descubierto, y no hay que ser un lince, la hipocresía obscena de nuestra sociedad y por ende de nuestras Instituciones, de nuestros políticos, reflejo de la propia sociedad. Los políticos siempre legislan teniendo muy presentes a los ciudadanos, protegiéndonos, para nuestro bien; pero, como decía Kant, creyendo que legislan para una sociedad con minoría de edad. Veamos un ejemplo: nuestros políticos han intentado proteger a los menores de edad, regulando pormenorizadamente su seguridad en los vehículos a motor, hasta tal punto que las familias numerosas o tienen dinero para comprarse un miniautobús y lo mismo los abuelos, o están condenados a ir andando a cualquier sitio.

Está muy bien proteger la seguridad de los menores en los vehículos particulares, pero los menores viajan en autobús, en tren, en avión, en barco…etc. y ahí la seguridad ya no está tan garantizada; parece que en estos ámbitos la seguridad no es tan prioritaria para el legislador. Es prioritario proteger la vida del menor; pero ¿qué hacen los políticos con la salud de nuestros menores?, ¿cómo los protegen del alcohol?, ¿y de la droga?, ¿y de los contenidos de la televisión y de los medios de comunicación? ¡Qué hipocresía más grande!

Todos los ámbitos de libertad tienen gran incidencia en la salud de los menores y en su formación y si se regulan unos, se regulan todos. ¿O es que a los políticos les interesa una sociedad anestesiada, carente de iniciativa, pegada a la «caja tonta», sin capacidad de reacción, una sociedad en minoría de edad?

Una de cal y una de arena

jovenes

Fuente: Adecco

Del 8 al 13 de marzo he tenido el inmenso placer de recorrer parte del territorio gallego. La estación de Chamartín en la madrugada del domingo era un constante trasiego de gente cargada de maletas. Nuestro Alvia se situó en la vía número 8 y hacia allí nos dirigimos los viajeros.

Me llamó la atención un grupo de jóvenes bulliciosos, que se mezclaba con un grupo de personas pertenecientes a la tercera edad. Todos gritaban (sabemos que éste es uno de los deportes nacionales), pero la voz de uno de los jóvenes, una chica, sobresalía por encima de la de los demás. Se notaba su afán de notoriedad, deseaba que el grupo de la tercera edad se enterarar de su mensaje: había descubierto en Chamartín a un viejo, decía ella, pegándose con la tecnología sofisticadísima del Whatsapp.

Me pareció una desfachatez la ridiculización que estaba haciendo de las personas mayores e intervine: «Ciertamente las nuevas tecnologías nos han pillado un poco mayores y su utilización nos produce un cierto respeto, pero precisamente la herramienta del Whatsapp no es de las más difíciles del mundo de Internet. No es necesario hacer un máster en matemáticas actuariales para apretar un icono, verde por más señas, escribir una frase y enviar a tu contacto. Cualquiera puede hacerlo, espero que hasta tú». El silencio en el ascensor se podía cortar.

Pasados tres minutos ya estábamos en el vagón, nos acomodamos, comenzaba el viaje. Mientras por mi ventanilla pasaban a toda velocidad árboles y edificios pensé en la juventud, en nuestra juventud. Yo creo, confío en la juventud española, es el futuro. Pero no en la juventud en general. Yo confío en los jóvenes que aprovechan el presente porque así se labran el futuro. No creo en los jóvenes que esperan que su futuro se les dé hecho sin su esfuerzo presente, porque creen que tienen derecho a todo.

El viaje por Galicia comenzó y terminó en Lugo (Lucus Augusti). Precisamente, la última tarde-noche en Lugo me topé con dos jóvenes que me abordaron ofreciéndome la posibilidad de hacerme socio de Acnur (Agencia de la ONU para los Refugiados). Dos jóvenes espléndidos, comprometidos, solidarios, que depués de su jornada laboral dedican su tiempo a los demás. ¡Cuántos hay como ellos! ¡Cómo no creer en la juventud! Naturalmente, nos dimos las direcciones y seguimos en contacto.

He aprendido algunas cosas en este viaje, pero… con estas reflexiones se me ha olvidado hacer la crónica que tenía pensada. Lo dejaré para otro día.