Martes 12, bis .- La comida resultó curiosa y sosegada. Estuvimos muy cómodos. Aunque estábamos acompañados por una francesa y sus dos hijas, pudimos hacer los bocatas y comer con toda tranquilidad. Teníamos una fuente de agua fresca y juegos para los niños. Myriam se resbaló con la arena que habían echado las francesitas maleducadas y se raspó la pierna.
Después de reposar un buen rato, bajamos recorriendo las calles pintorescas de Mont-Martre y nos adentramos en la ciudad. A buen ritmo, Simón a hombros de su papi, recorrimos las calles abarrotadas de tiendas de ropa, sobre todo de trajes de ceremonia. A las 15,00hh teníamos que coger el barco para hacer un crucero por el Sena. Pasamos por delante de la Estación del Norte y llegamos al Canal Saint-Martin. El barco ya estaba dispuesto para partir; los pasajeros habían copado todos los asientos de cubierta y nosotros nos acomodamos en el interior.
Puntualmente, a las tres de la tarde, el barco comenzó a moverse. A través del Canal nos iba a sacar al Sena. Es un Canal de 4,5 Kms. de longitud, dos de ellos subterráneos. Inaugurado a comienzos del S. XIX, fue creado para traer agua potable a la ciudad y hoy tiene función turística. El Canal une el Bassin de la Villette al puerto del Arsenal del Sena. Navegar por él resulta muy interesante e impresionante. Cuenta con nueve esclusas, encargadas de salvar un desnivel de 25 ms.; dos puentes giratorios y dos fijos y cinco hermosas pasarelas de hierro. Durante la travesía, se produce un trasiego constante de pasajeros del interior del barco hacia cubierta para admirar la pericia de las operaciones técnicas, haciendo aumentar o disminuir, según convenga, el caudal de agua. Son impresionantes las bóvedas de la Bastilla y de la c/ Fayette, en su curso subterráneo. En su superficie han surgido bulevares que contribuyen al embellecimiento de la ciudad. El paseo a cielo abierto es una delicia: a sus orillas se palpa la actividad de numerosos bistrós y bares, parejas y cuadrillas pasando bucólicamente la tarde, pacientes pescadores en su lugar favorito. Desde las pasarelas, la gente saluda complacida. Todo es muy amable.
Recorrimos a velocidad los 2 kms. de curso subterráneo, en ambas márgenes estaban indicadas las calles y plazas por donde pasábamos. De pronto, la guía anunció que se iba a producir el encuentro con el Sena y fue ¡espectacular! Apareció el gran río surcado por barcazas, sus puentes, sus monumentos… allá, en frente, majestuosa, Notre Dame. Avanzando por el Sena, admiramos los edificios del museo del Louvre, el de Orsay, la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad, réplica de la de Nueva York…etc. El crucero fue muy interesante, muy placentero. Los tíos acertaron plenamente con este regalo a Myriam que disfrutamos todos. En el barco cantamos a los puentes de París.
Al desembarcar, ¡sorpresa! nos estaban esperando Waly y Pili, ¡encantadores!. Nos sentamos en una cafetería cerca del Sena y allí pasamos un par de horas entre charla, cervezas y merienda para los niños. ¡Lo pasamos muy bien! Nos despedimos, cruzamos por delante de la pirámide de Louvre y en metro nos fuimos a recoger los coches del parking de Vincen (Mine también recuperó las gafas de sol de Dácil que había olvidado por la mañana en el césped, delante del cható). Con premura, enfilamos hacia la casa rural en Esbly, un pueblecito situado cerca de Disney, donde nos hospedaríamos hasta nuestra vuelta a casa.
Tomamos posesión de la casa, la recorrimos de arriba a bajo, sobre todo los niños. Tenía dos tramos de escalera altísimos y peligrosos. La abuela hizo los cargos a los nietos para que no corrieran demasiado por las escaleras y cada cual eligió su habitación. Hicimos una pequeña compra en la grande superficie del pueblo y nos dispusimos a cenar. El salón era muy amplio, con una gran mesa de Ikea capaz de acogernos con holgura a los once miembros de la familia. Después de cenar con mucha alegría, nos retiramos cada cual a sus habitaciones, estábamos cansados y teníamos que recuperar. Mañana nos esperaba Disney.





