Mi caballo de cartón

Estos días, vuestro abuelo, anda bastante obsesionado con la invasión del pueblo ucraniano por parte de Putin. Y digo Putin conscientemente porque, no son los rusos quienes están invadiendo Ucrania, sino Putin y su entorno ideológico, dictatorial y anexionista.

Esta mañana, al despertarme, me he descubierto pensando: Qué difícil resulta llevar al ánimo de los niños la idea de que los abusos hay que desterrarlos de sus relaciones cotidianas en el ámbito escolar, familiar, de amistad…; de que hay que respetar a las personas, las normas de convivencia, la libertad del otro… Y resulta aún más difícil cuando los adultos, para resolver los conflictos que irremediablemente surgen en nuestras relaciones, recurrimos a la fuerza. ¡Qué incongruencia! ¡qué mal ejemplo!

Putin, en esta invasión, no sólo persigue ganarla: quiere arrasar a todo un pueblo, imponer su superioridad, su voluntad política por la fuerza. Sus armas son sus razones. ¡ Cómo me gustaría vivir en un mundo libre de armas de destrucción masiva!, un mundo más civilizado. Espero que vosotros, más inteligentes que nuestra generación, lo consigais, queridos.

Me vienen a mis recuerdos, unos versos que aprendí de muy niño, cuando empecé a conocer las letras en un libro que yo identificaba entonces como » Paramijo » ( para mi hijo ):

Dame pronto mi caballo, mi caballo de cartón,

voy a matar a la bruja, a los duendes y al dragón

que tienen aprisionada a la princesa Mariló,

en un castillo sombrío donde no hay aire ni sol.

» Dame pronto mi caballo, mi caballo de cartón»

«El toro por los cuernos»

Hoy estoy triste, ¡menuda novedad! Últimamente me sucede a menudo. Quiero pensar, para aligerar mi responsabilidad personal, que es una secuela de la pandemia padecida (con demasiada frecuencia recurrimos a la pandemia para justificar hasta lo injustificable); pero no, queridos míos. Hay que ser valientes y coger «el toro por los cuernos».

A poco que bucee en mi interior, me encuentro con la verdadera razón de mi tristeza: estoy triste porque no estoy contento conmigo mismo, no me gusta lo que hago. Nos ponemos tristes cuando no cumplimos lo que nos proponemos, cuando estamos inactivos, apáticos, cuando no sabemos qué hacer. Cuando esto nos sucede, no tenemos más remedio que reaccionar. Si estamos vivos, tenemos que vivir… y si vivimos, tenemos que convivir y todo esto llenará nuestra vida.

No hay nada que proporcione más alegría, que llene más el corazón, que intentar ser útil, aunque sea en pequeña medida, a aquellos con los que convivimos, empezando por los cercanos, por los amigos, por la familia.

Procura sonreír siempre, Simón; las dificultades, seguro que serán menores. Díselo a tus primos, hazme este favor.

Me gustaría

Querido Simón,

Me gustaría que aceptaras este juego, para mí es un juego serio. Quiero desgranar en estas líneas reflexiones, vivencias, afectos, opiniones, inseguridades… qué se yo. Me gustaría que si lo ves interesante y, de alguna forma, te está sirviendo para crecer, lo compartas con tus primos. Es probable que pasados unos años, cuando puedas comprenderlo, al leerlo te parezca el diario del «abuelo cebolleta». Si así fuera, tu abuelo habría fracasado estrepitosamente. Nada más lejos de mi intención. No pretendo nada trascendente, solo entablar contigo, con vosotros, una conversación cotidiana sobre lo divino y lo humano, pero sin pretensiones. Seguiremos charlando. Hasta la próxima.

Reinicio. Estoy aquí

plant-g566e172f2_1920Por fin estoy aquí, después de tantos meses de pandemia en los que me he sentido ausente, apático, como perdido, sin objetivos, suspendido en el vacío, seco por dentro y por fuera. Los años se me han venido encima, soy un pobre viejo prematuro. Estoy descubriéndome arrugas también en el alma.

Quiero reaccionar, esta situación no me agrada. Quiero pensar que aún puedo hacer cosas, que puedo ser útil para alguien. Quiero encontrar mi nuevo sitio, y sé que lo voy a encontrar, que lo estoy encontrando. Lo prometo.