Han pasado ya tres meses de las elecciones y estamos, no sólo donde estábamos el día 21 de diciembre, sino muchísimo peor. A estas alturas, los partidos no se han enterado de los resultados electorales. No saben quién ha ganado las elecciones y, lo que es aún peor, ignoran quiénes las han perdido.
Una de dos, o nuestros políticos tienen un cociente intelectual casi al borde y son incapaces de entender que España no se puede permitir perder más tiempo, o carecen del sentido del deber, del sentido de la responsabilidad que exige pensar en el bien común y dejar de mirarse el ombligo. Muy probablemente en los políticos españoles (me niego a llamarles líderes porque no tienen esa altura) se dan al mismo tiempo las dos posibilidades descritas. Porque de lo contrario me resulta prácticamente imposible entender el espectáculo que vienen dando en estos meses.
Podemos, lobo con piel de oveja, enrocado en su objetivo antisistema, persigue compulsivamente el poder para ocuparlo y quedarse en él. Es el partido de los «okupas» del poder y, en cuanto toca poder, no lo suelta ni echándole agua caliente. Y además lo ejerce despótica y sectariamente, incumpliendo los códigos éticos que exigen cumplir a los demás. Los ejemplos son abrumadores y constantes: Pedro de Palacio, Luis Benítez, Jorge Bail, Andrés Bódalo, Celia Mayer, Rita Maestre…y así podríamos seguir hasta completar una larga lista de personajes de Podemos que siguen ejerciendo el poder, que siguen tomando decisiones que nos afectan a todos, cuando no tienen talla moral, ni técnica, ni personal para dirigir una comunidad de vecinos.
En esto siguen prusianamente la norma marxista: «Ocupemos el poder para poder influir en la sociedad», comportándose en política dictatorialmente, aunque disfracen sus decisiones con asambleas ciudadanas que ellos ocupan, dirigen y manipulan a su antojo. En estos meses ya han demostrado suficientemente lo que significan las instituciones para ellos. Las utilizan como si fueran su propio cortijo y, el Congreso de los Diputados, como el salón de su casa donde se reúnen unos cuantos amiguetes mal educados.
El espectáculo del PSOE es para echarse a llorar. Ver a su Secretario General pidiendo limosna en todas las esquinas, haciendo autostop en todas las carreteras para que le acerquen a La Moncloa, a mí me resulta patético. Y si a mí, que no tengo nada que ver con el socialismo, esta actitud del Sr. Sánchez me provoca vergüenza ajena, a los socialistas de una pieza, como poco, les debe indignar.
A Pedro Sánchez se le nota demasiado que está deseando llegar a La Moncloa, y yo me pregunto: ¿para qué? Supongo que para ejecutar su programa, pero… ¡si no tiene programa! ¿Qué programa? ¿Aquel ya olvidado con el que se presentó a las elecciones del 20 de diciembre y no sólo las perdió sino que cosechó el peor resultado en la historia electoral del PSOE? ¿O el consensuado con Ciudadanos y que no obtuvo la confianza de la Cámara? ¿O el que piensa consensuar a última hora con Podemos mediante la chapuza del «corta y pega»?
Sánchez pretende encabezar patéticamente un gobierno, sustentándose en 90 diputados, ignorando a los 123 diputados del partido ganador de las elecciones y despreciando a los casi siete millones de españoles que votaron al Partido Popular. ¿Para qué querrá este «personajillo» llegar a La Moncloa? Yo más que perfil de Presidente del Gobierno le veo, como mucho, perfil de presentador de un programa de telepasión.
Está empeñado D. Pedro el Breve en presidir un gobierno «a la valenciana». ¿Y por qué no un gobierno «a la madrileña»? ¿O es que las Cortes Valencianas han legislado con mayor contundencia sobre la corrupción, lo social o la regeneración democrática que la Asamblea de Madrid? La única razón válida para D. Pedro el Breve es que el gobierno «a la valenciana» lo presidiría él y un gobierno «a la madrileña» no.
Valoro el esfuerzo de Ciudadanos por intentar componer una mayoría minoritaria que consiga sacar a España del impasse electoral, pero, sinceramente, creo que se ha equivocado de socio. Ha renunciado inexplicablemente, sobre todo para sus votantes, a apoyar la lista más votada, sobrevalorando los 90 escaños del PSOE frente a los 123 del PP. Ha firmado un acuerdo de gobierno con Pedro Sánchez que es papel mojado, no sólo porque ha sido rechazado mayoritariamente por la Cámara, sino porque Pedro Sánchez, a la primera de cambio, traicionará a Ciudadanos incumpliendo lo firmado.
La cara de Albert Rivera puede ser un poema cuando descubra que se queda compuesto y sin novio. Cuando descubra que, a pesar de sus esfuerzos, de su valía, de su belleza, Pedro ha preferido al de la coleta. La política española durante estos tres meses está siendo un vodevil, pero el único que está padeciendo esta situación es el pueblo español del que, al parecer, nadie se acuerda.
El Partido Popular debería hacer lo imposible por evitar el retroceso de España, tirando por la borda los esfuerzos de estos cuatro años. Es indudable que fue el partido ganador de las elecciones y, precisamente por eso, ha de ser el partido generoso que facilite el acuerdo para formar el gobierno que a España le conviene en estos momentos. Y si para ello el Presidente tiene que hacerse a un lado y dejar el paso libre para que otro intente el acuerdo, lo debe hacer.
Es el momento de la generosidad, de pensar en España y no en particularismos. El PP debería aprovechar el presunto idilio entre PSOE y Ciudadanos para conseguir que Ciudadanos le pida al Sr. Sánchez lo que tanto pide al PP, la abstención, para dejar vía libre a un gobierno de centro derecha en España.
Pero sigo pensando, como adelanté hace ya tres meses, que terminaremos, por las ansias de D. Pedro el Breve, teniendo un gobierno de Podemos presidido por el Sr. Sánchez. Y, entonces sí, que el desastre nos coja doblemente confesados.