Me he situado como espectador activo ante el último debate sobre el Estado de la Nación de la legislatura. Confieso que he intentado dejar mi mente en blanco, vacía de prejuicios y de ideas preconcebidas, buscando dejarme sorprender por alguna idea valiente, medianamente genial, atrevida. ¡Qué decepción!
Un debate previsible, aburrido, plúmbeo… El presidente del Gobierno en su papel: desgranando una retahíla de aciertos durantes estos últimos meses, que digo yo, si los aciertos han sido tantos cómo puede ser que los españoles estemos como estamos. Se le podría conceder al presidente que las cifras macroeconómicas están mejorando ciertamente, que ha sido muy difícil enderezar el rumbo de una economía recibida en estado de quiebra. Pero tanta euforia no está justificada, sobre todo si analizamos la situación labora y, por ende, social de muchas familias españoles.
Y… ¿qué decir de la oposición? Durante todo el debate nos ha presentado una nación en blanco y negro. Pero, ¿cuándo va a aprender la oposición española que su función también es, como la del gobierno, servir a la sociedad? No he podido descubrir ni una sola propuesta positiva. Lo que sí ha aflorado en este debate han sido las peleas dialécticas de barrio, carentes de ideas y sobradas de reproches. Desde luego no ha sido una lección de buen parlamentarismo, más bien todo lo contrario.
Si con estos mimbres vamos a tener que seguir construyendo la democracia española, yo sugiero que, como hicieron las cortes franquistas en los comienzos de la Transición, nuestros representantes políticos, por ineptos, se autodisuelvan, a ver si así tenemos la posibilidad de descubrir otra nueva forma de hacer política, en la que el servicio al pueblo, y no la profesionalidad, sea la regla de oro.
Ya nos mostraron el camino los clásicos, nihil novum sub sole.