A las siete ya estábamos desayunando. Parece que teníamos, más que prisa, ansia por conocer más cosas, a pesar de que muchos de los integrantes del grupo ya habían viajado bastante: Tailandia, Jordania, el mar del Norte, Argentina, Egipto…
Entre salmón, salazones, quesos y mermeladas la conversación se fue haciendo interesante. Alguien comentaba lo curioso que resultaba constatar como la Lengua era la asignatura más importante en la primera etapa de la vida, la Economía en la etapa de madurez y la Geografía en la tercera edad.
Impresionado, seguramente por el entorno, alguien deslizó un debate sobre la política hidráulica en España y la imperiosa necesidad de impedir que se marche una sola gota de agua al mar.
El guía nos sacó de nuestra conversación. Partíamos rumbo a Lillehammer, sede de los juegos olímpicos de invierno del 94. Durante el trayecto visitamos el glaciar Böya Brik, el más grande de la Europa Continental. El paisaje resultaba idílico. Ante nuestros ojos desfilaban las construcciones típicas de los pastores noruegos y los rebaños, montañas verdes tachonadas de casas pintorescas y ríos, de aguas bravas en el entorno del glaciar, y caudalosos en el área de Lillehammer, nos estábamos acercando a la ciudad de Hamar, ciudad noruega cercana a la frontera con Suecia.
Es una ciudad armónica, sorprendentemente con mucho ambiente, seguramente por su universidad, una de las más prestigiosas de Noruega. Quedaban restos de hogueras de la celebración del solsticio de verano, las hogueras de la noche de San Juan que los jóvenes seguían festejando a las once de la noche con un sol brillante.
A la mañana siguiente cruzamos la frontera. Los verdes seguían siendo espectaculares, ríos y lagos tapizaban el paisaje; pero las montañas prácticamente habían desaparecido y ante nosotros se abrían cómodas autapistas al estilo europeo.
Antes de llegar a Estocolmo, que era nuestro destino final, visitamos la ciudad de Karlstad. Su plaza es el centro y en ella bailamos rodeados de jóvenes a ritmo de una música muy agradable. Eran los primeros días del verano y la gente bullía después del letargo invernal. A tiro de piedra de la plaza se alza la catedral luterana, muy interesante, constantemente renovada desde su inauguración en Julio de 1730 hasta la última adaptación en 1997-98.
El autobús salió flechado hacia Estocolmo con ganas de descansar. Durante dos días pateamos la ciudad sin prisas, nos enamoró.
La huella de Alfred Nóbel aparece en todos los rincones de la ciudad. Gracias a la acción de la dinamita, con la que tanta fortuna amasó, se pudo construir el barrio alto de los pescadores sobre roca dura, desde donde se contempla una panorámica privilegiada de la ciudad y la maravillosa confluencia del mar Báltico y el lago Mälar o Mälaren. También la dinamita facilitó la construcción de las esclusas que controlan la altura del agua permitiendo la navegación sin sobresaltos en la confluencia del mar y el lago, y la Fundación Alfred Nóbel hace todos los años posible la celebración de los premios Nóbel en el Ayuntamiento de Estocolmo.
Es ésta una ciudad de agua, abierta al mar, formada por 14 islas. Cuenta con 57 puentes que facilitan el intercambio constante de personas. Estocolmo es una ciudad bulliciosa, con edificios señoriales que se asoman al Báltico y al lago Mälar o flanquean Drottningatan, la calle peatonal, centro de la vida de la ciudad, que arranca en el puerto y sube hasta el Observatorio. Entre sus edificios monumentales destacan: el conjunto formado por el Palacio Real, la Catedral y el Parlamento en Gamlastan, la Casa de la Ópera, la Estación Central, el Ayuntamiento, el mercado y las diferentes iglesias que jalonan la ciudad.
Nos quisimos despedir con un paseo por el lago en barco.¡Merece la pena! se descubre una perspectiva diferente: aparece un Estocolmo monumental verde contrastando con el azul de sus aguas.
El 28 de Junio amaneció con un sol espléndido. Pasamos la mañana despidiéndonos de rincones entrañables..Pateamos las calles que, como radios de rueda, confluyen en el centro del casco antiguo. Justo en el centro histórico, en la plaza del Comercio, asistimos a un concierto maravilloso de marchas militares. Tuvimos el privilegio de asistir al cambio de guardia en el Palacio Real, ceremonia colorista y marcial que los suecos contemplan con respeto y orgullo.
De camino al autobús, nos topamos con la Escuela de arte dramático de Estocolmo. Sendos monolitos homenajean a sus dos alumnas más aventajadas: la divina Greta Garbo y la no menos divina Ingrid Bergman.
El autobús anunciaba la hora cero. El viaje tocaba a su fin. El autobús bordeó el lago mientras infinidad de veleros maniobraban en la bahía de Estocolmo . Cuatro trasatlánticos montaban guardia y hacían sonar sus sirenas, la regata había comenzado.
A las siete de la tarde el avión despegaba rumbo a Madrid. Desde el cielo pudimos contemplar una puesta de sol espectacular; el viaje ciertamente había merecido la pena y con ese pensamiento nos dormimos.



Después de las primeras indicaciones del guía, nos aposentamos en el hotel y salimos a conocer Oslo. Nuestro hotel estaba al pie del fiordo de la capital, de belleza impresionante y una longitud de cien kilómetros, por el que navegan trasatlánticos inmensos. Oslo es escala obligada, igual que Estocolmo, de numerosos cruceros.
La ciudad antigua gira entorno a un plano de cruz latina. El trazo más largo está constituido por la c/ Karl Johans, calle peatonal por donde discurre la vida de la ciudad. En el extremo oeste se encuentra el Palacio Real, edificio majestuoso, integrado totalmente en la ciudad y rodeado de unos jardines por donde tranquilamente los ciudadanos pasean. En el extremo este se sitúa la Estación Central, recuperada para el ocio con bares modernos, y la Catedral luterana.
Disfruté muchísimo la tarde que dedicamos a visitar los museos de Oslo. En un entorno paradisíaco nos sumergimos en la vida vikinga, visitando el museo de los barcos vikingos y contemplando los restos de la reina Osa y todo su ajuar. Nos ayudó a entender aún más la vida vikinga la visita al museo folclórico, en el que admiramos una iglesia vikinga y una casa típica perfectamente conservadas. Dando un salto en la historia, visitamos el museo del barco polar «Fram», impresionante barco del explorador noruego Nansen. Se nos explicaron numerosos detalles de las tres expediciones realizadas por los exploradores noruegos en este famoso barco y vimos documentos sobre la exploración del Polo Norte y la Antártida. Admiramos también la recreación, en el barco, del fenómeno de las auroras boreales. Todo muy interesante.
Los dos días intensos en Oslo se completaron con una visita al Parque Vigeland, una meditación profunda sobre la vida cincelada en granito que el escultor Gustaw Vigeland realizó durante toda su vida y que donó a la ciudad de Oslo. Todos los grupos escultóricos son de un realismo impresionante y todos, centrados en cada una de las etapas de la vida, transmiten una profunda enseñanza. Pero el misterio de la vida sigue aún sin resolverse.
A las 7 de la mañana del 21 de junio, puntuales como un reloj suizo, nos reunimos en el aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid un grupo de 46 personas, entradas en los 60, cargadas de ilusiones, con muchas ganas de pasarlo bien. No nos conocíamos, salvo los amiguetes que suelen viajar juntos, pero poco a poco fuimos interactuando y, con algunos, hasta conectando.