A las 19hh del domingo 8 de marzo llegamos a Lugo cansados, después de siete horas eternas en el tren. Durante el trayecto, entré en contacto con distintos compañeros de viaje; hablamos del tiempo, poco a poco se fue fundiendo el hielo y las conversaciones se fueron haciendo interesantes. Todos teníamos al menos una cosa en común: unas ganas mal disimuladas de viajar, de aprovechar el momento presente, ya que el futuro nadie nos lo garantiza.
El tren se deslizaba perezoso sin sobresaltos por tierras madrileñas y castellanas; la maravilla de Puebla de Sanabria y la majestuosidad de su lago nos anunciaba la cercanía de Galicia. Poco a poco el tren se abría paso por los verdes gallegos; me estremecí con la belleza sublime del Miño y su ribera tapizada por el amarillo de sus mimosas.
A Lugo llegué cansado, pero con enormes ganas de empaparme de la belleza de Galicia. Nos acomodamos en el hotel y, después de cargar las pilas, nos lanzamos a la conquista de la ciudad. Me sorprendió Lugo, descubres su pasado romano en cualquier rincón a través de los mosaicos que se pueden apreciar incluso en comercios, celosamente protegidos por cristales o a través de las excavaciones en cualquier esquina de la ciudad. Recorrer sus murallas es una auténtica gozada, lo mismo que pasear por su casco antiguo y sentarse a tomar un café en las terrazas de la plaza del Ayuntamiento.
Al día siguiente nos reencontramos con Santiago de Compostela. A pesar de no poder admirar el magnífico Pórtico de la Gloria y la fachada principal de su catedral por sus obras interminables, Santiago todo él es una joya: sus iglesias, sus plazas, su mercado personalísimo, y sobre todo la plaza del Obradoiro, flanqueada por el Ayuntamiento de la ciudad (antiguo palacio de Raxoi), el Parador de los Reyes Católicos (antiguo hospital de peregrinos) y el Rectorado de la Universidad de Santiago (antiguo palacio de Fonseca) y presidida por la catedral majestuosa, compendio de estilos arquitectónicos.
Me sorprendió Orense, la termal; sus burgas, las termas a orillas del Miño, su catedral con el Pórtico del Paraíso, réplica del Pórtico de la Gloria del maestro Mateo en Santiago.
Me ha hechizado la Galicia interior, la paleta de verdes de sus campos y el encanto misterioso de su boira que nos acompañó en nuestra visita al monasterio de Oxeira (el Escorial gallego), a la región del Ribeiro y a Carballiño, capital del pulpo.
He descubierto una Galicia bellísima, con un patrimonio cultural riquísimo; pero una Galicia en obras: autovías, el tren de alta velocidad que no acaba de cerrarse… Promesas incumplidas elección tras elección, dicen los paisanos. ¡Qué grandes vendedores de humo son los políticos!